La masonería
En la entrevista del periodista Juan Pablos a la historiadora Lucía Gálvez, relacionada con el libro de su autoría ¿Cómo Dios manda? Iglesia, masonería y Estado en la Argentina, publicado en la edición de La Voz del Interior del 12 de junio pasado, es dable apreciar que se formulan serios errores conceptuales sobre la secta masónica que considero necesario aclarar.
Se la quiere presentar con el falso rótulo de religiosa, benefactora, humanitaria, democrática, etcétera, lo que a mi entender constituye el más craso error. El gran masón Alberto Pike expresa: “La única religión y único dogma es el que enseña la naturaleza y el racionalismo”. La masonería es la negación más absoluta de Dios, la Iglesia y su culto, a los que siempre ha vituperado y ha hecho el blanco principal de sus diatribas y blasfemias; masonería y catolicismo son términos que se contraponen.
Así lo ha manifestado en repetidas oportunidades la Iglesia. La voz de los papas la ha condenado y anatematizado en todas las épocas por medio de sus encíclicas y alocuciones. Ya Clemente XII en 1738 en la encíclica In Eminenti la fulmina con la excomunión mayor, pidiendo a los obispos traten a sus adeptos como verdaderos herejes. Famosas por la amplitud de conceptos y fundamentos son las de Pío IX en el Syllabus (1864), en la Qui Pluribus (1846) y la Etsi Multa (1846); sumamente importante la de León XIII Humanum Genus (1884). Muchísimas otras podrían citarse.
Decir que la masonería tuvo gran influencia en la época de la independencia, teniendo las logias fuerte intervención en decisiones políticas y militares es estar en una confusión muy lamentable. La enorme mayoría de los hombres que gestaron aquella parte de la historia eran, por su cuna y formación, de sólidos principios católicos por los que nunca hubieran podido pertenecer a una sociedad o logia auténticamente masona. Los únicos fines que animaban a las sociedades secretas que se formaron entonces eran los políticos revolucionarios, formando parte de ellas numerosos hombres del clero.
El hecho de que algunas de ellas adoptaran para sus reuniones formas secretas con el fin de evitar que se conocieran los temas allí tratados, no da lugar a confundir unas con otras. Recién el 9 de marzo de 1856 se funda la primera logia masónica argentina con el nombre “Unión del Plata” y después de Caseros y Pavón se da la formación de numerosas logias que obran como caldo de cultivo para la formación de un crudo liberalismo ateo extranjerizante y principalmente porteño, lo que trajo por muchos años un duro enfrentamiento con el sector católico, gran mayoría en el país que velaba por la defensa de los principios que hacían a las más puras tradiciones patrias.
En la parte final del reportaje a la historiadora, ésta manifiesta que, a medida que avanzaba el siglo XIX, la Iglesia adoptó una actitud arrogante “más propia para enemigos que para hijos”; esto es de total falsedad; la Iglesia defendió sus principios con la mayor altura y respeto, no siendo así la actitud tomada por la masonería y liberales ateos que, junto a sus compañeros de ruta socialistas y comunistas, profanaron templos (San Ignacio, la curia eclesiástica, persiguieron a muerte al arzobispo de Buenos Ares, monseñor Aneiros), quemaron colegios como el del Salvador, la Inmaculada de Santa Fe, Salesianos en La Boca, etcétera. El diario La Prensa decía en marzo de 1875: “Los sacerdotes jesuitas fueron violentamente sacados a la calle y apaleados de la manera más cruel sin encontrar medio alguno de defensa”.

Carlos Gavier Olmedo

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