Escribe Horacio Carlos Ramírez

Hechos históricos tan significativos como lo fue la Revolución de Mayo de 1810, sirven para detectar aspectos siniestros que fueron frenándose a lo largo de toda América Latina, gracias a esta decisión política y militar clave que inició un proceso de emancipación que culminara seis años después, el 9 de julio de 1816.

Nos estamos refiriendo, en este caso, al progresivo retroceso de la Santa Inquisición en territorio americano gracias a la libertad que se iba ganando a sangre y fuego en los distintos territorios.

El Buenos Aires de 1810 no sólo fue uno de los desencadenantes del proceso en toda Latinoamérica, sino que también marcó una postura decidida en contra de la Inquisición.

En efecto: Buenos Aires no estaba ajena al control del sombrío organismo, ya que en el Cabildo operaba el Comisario de la Ciudad con el título, entre otros, de "juez de instrucción inquisitorial", encargado de elevar al Santo Oficio de Lima aquellos casos que atentaran contra la "pureza" doctrinaria y racial.

Si bien la historia moderna suele olvidar este aspecto -se presume que para no interferir en las relaciones de un Estado no separado de la Iglesia Católica-, las referencias a la Inquisición de nuestros patriotas de aquellos años son tan numerosas que llama la atención la prolijidad con la que fue eliminada toda referencia oficial de tiempos ulteriores.

Ignacio Núñez, por ejemplo, secretario de Mariano Moreno, supo referirse al Santo Oficio en sus Noticias Históricas afirmando que "el espíritu que alimenta a la Revolución de Mayo había sido y era el de libertarse de la opresión de los antiguos mandones coloniales..." y el de lograr "leyes que protegiesen los derechos de los hombres libres en lugar de las de Indias que los anatematizasen, tolerancia en lugar de Inquisición.".

En las Memorias del General Paz se cita el caso del oficial patriota Escobar quien, caído en manos de los realistas, fue derivado a Potosí y llevado a la capilla de la cárcel donde lo esperaban, entre otros, "...el vicario eclesiástico, prelados y los delegados de la Inquisición. Luego que entró se le preguntó cuál era su fe...". El propio "manco" Paz afirma que el realista José de la Serna e Hinojosa en su carácter de perteneciente "a una sociedad secreta española" -la masonería- se había enfrentado con Joaquín de la Pezuela para quien "esas actividades en América tenían que caer bajo el conocimiento de la Inquisición local".

El general Aráoz de Lamadrid y el poeta uruguayo -muerto en Buenos Aires- Bartolomé Hidalgo, también hicieron referencias al poder económico de la Inquisición en tierras del Río de la Plata -vía confiscación de bienes-, y también lo hizo Camilo Henríquez, el patriota chileno que fuera redactor de la Gazeta de Buenos Aires.

Con el paso del tiempo, y a partir de la Revolución de Mayo, el poder del Santo Oficio fue declinando en todo el subcontinente latinoamericano, y por eso comienzan a florecer las denuncias sobre los excesos de esa autoproclamada Santa Inquisición. En este contexto, la literatura posterior a Mayo abordó el tema. Baste recordar "La novia del Hereje", de Vicente Fidel López; "El Inquisidor mayor" de Manuel Bilbao o la obra "La jurisprudencia inquisitorial' de Nicolás de Eymerich.

Domingo F. Sarmiento no fue ajeno a esta institución represiva y menciona, en sus "Recuerdos de provincia", el operar de la Inquisición en su propia familia, citando el caso del fraile Miguel Albarracín quien sostenía teorías milenaristas: "Afortunadamente -escribe Sarmiento- era elocuente el fraile como un Cicerón (...), profesor como un Tomás, sutil como un Escoto, y Dios mediante, no entendiendo ni él ni los inquisidores ni jota de todo aquel fárrago de conjeturas sobre una profecía de un cambio en los destinos del mundo, pudo salir victorioso de la lucha...".

No olvidemos, de paso, que miles de judíos españoles convertidos al cristianismo -los llamados "cerdos" o "marranos" por la Iglesia Católica- se vieron obligados a huir de la presión racial antisemita de la Santa Inquisición y huyendo de España primero, de Portugal luego y del Brasil después, terminaron su diáspora en nuestro territorio -con célebres apellidos sefardíes como Alsogaray, Alvear o Iraola-. Y cuando el Santo Oficio de Lima había comenzado las tratativas para abrir el Santo Oficio de Buenos Aires, estalla la Revolución de Mayo, abortando la intentona inquisitorial e iniciando el lento camino de retroceso que fue acabando con los Santos Oficios de Lima (cuyas riquezas fueran expropiadas por San Martín para fundar una Biblioteca pública), los de Nueva Granada y México.

Así, la historia latinoamericana debe reconocer a la Revolución de Mayo no sólo por haber sido uno de los fuegos iniciales en el camino de la libertad americana, sino también como abriendo el camino a la tolerancia de un nuevo humanismo que se abría paso desde varios frentes en todo Occidente.

La confiscación ilegal de bienes, la tortura y la "limpieza racial" de la Santa Inquisición católica, fueron las tenebrosas hogueras que comenzaron a extinguirse en toda la América Latina con las primeras gotas de aquella legendaria llovizna del 25 de mayo de 1810.

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