El entorno económico. Sería difícil entender la vida y la obra del gran músico austriaco sin revisar, en forma general, el entorno económico que prevaleció en Europa en el siglo XVIII. Una sociedad que paulatinamente dejaba el modo de producción precapitalista y se encaminaba a la organización capitalista de la economía.

Estructura social cuyos primeros ideólogos, con un fuerte sesgo de ética cristiana, la concibieron como un sistema en que convergería el interés privado con el interés público, es decir, el individuo racional al buscar su propio beneficio, al mismo tiempo, procuraba el interés económico de la sociedad. Tesis y forma de pensar que incubaron el liberalismo político y económico, cuya doctrina defiende la libertad del hombre en sus decisiones y acciones, y se opone al absolutismo del Estado y de la iglesia (cualquiera que ésta sea).

El hombre posee derechos, simplemente por ser imagen y semejanza de Dios, originarios e inalienables, que ningún sistema político puede mancillar.

La transición que le tocó vivir a Mozart, en que el viejo sistema económico todavía no terminaba de fenecer y el que llegaba no acababa de nacer, le permitió todavía disfrutar de los favores de una aristocracia en decadencia. Fue gracias a los mecenas de la nobleza y a la masonería, que el artista logró, aunque no sin penurias, sobrevivir y dedicarse a lo que más amaba: la música.

La logia masónica Zur Wohthätigkeit, le abrió sus puertas en 1784 y en agradecimiento a ello, el artista compuso algunas obras dedicadas a los cultos de esa organización.

Tal vez el momento más importante de su vida, desde el punto de vista de su productividad y calidad musical, es cuando decide renunciar en 1781 al puesto de organista de la Corte. El estilo de Mozart se refina, es más exigente y cuidadoso en las formas, y descarta un mayor número de bosquejos musicales. A partir de entonces se ganará la vida componiendo, tocando y enseñando.

La motivación del artista….

Develar la vida de un genio es tarea complicada porque donde la visión común termina, comienza la genialidad. Donde otros ven la nada, el genio aprecia el todo.

Mozart encarna el músico festivo, grácil, alegre, virtuoso, pero también representa al hombre en busca de su realización, sin olvidar lo esencial. Representa la necesidad de expresarse, razón por la que un pequeño niño de escasos años de edad, con una pasión tormentosa, se entregó a la producción musical. Pero más allá de la perfección en las formas musicales, encontramos en la vida del genio la voluntad tenaz que motiva.

¿Cuál es el motivo que lleva a un hombre a perpetrar su obra, enriqueciendo con ello el patrimonio cultural de la Humanidad? El único sentimiento que obliga al hombre a enriquecer la vida del género humano, sólo puede ser impulsado por la creencia de que el ser puede superarse a sí mismo con la clara y bella luz de la esperanza. Por el sentido de que al final el cañón desaparecerá y la antorcha de la justicia brillará, los muros caerán y no se reedificarán. Por la seguridad de que la verdad, la equidad y la bondad regirán, y que bajo un mismo sentir, la hermandad de los seres humanos brotará.

El niño prodigio

Juan Crisóstomo Wolfang Amadeo Mozart, nace en Salzburgo, Austria, el 27 de enero de 1756. Llevó a cabo una de las más grandes revoluciones que registra la historia del Arte. Bajo la enseñanza de su padre, conoció las estructuras musicales heredadas del barroco.

Mozart, al tomar vida física, tomó también las bellezas inherentes a una de las más sublimes manifestaciones del arte, como es la música, aceptó afanoso las lecciones de Haydn, quien apurado por el desarrollo contrapuntístico y pulcritud extrema, daba forma corpórea a las sublimes ideas, que en vertiginoso torbellino brotaban de su ardiente imaginación.

A los seis años, su padre le condujo a Viena para presentarse ante la corte del Rey, dando un concierto que llenó de asombro al auditorio. Contemplaban un niño que cambió toda la afición y el gusto por placeres propios de su edad por la música. No existe otra explicación más que para Mozart, la música era un elemento impulsor que facilitaba el desenvolvimiento moral de aquella naturaleza privilegiada, que tan sólo anhelaba el goce inefable que produce el elevarse a las desconocidas y sublimes regiones de la sutileza.

El artista bajo servidumbre

Su fama recorría Europa y llegó esto a oídos del Emperador de Austria, que lo nombró compositor de la corte asignándole, en tal concepto, la modesta pensión de 2 mil pesetas anuales; si bien es verdad que el destino obligaba a muy poco, el sueldo no podía ser en cambio más mezquino, dado el mérito y las circunstancias extraordinarias del agraciado. “Es mucho para lo que hago, dijo Mozart, al recibir el nombramiento que agradeció toda su vida, es poco para lo que podría hacer.” Pero las aficiones del emperador no eran para el arte de los sonidos. Si el aristócrata hizo aquel nombramiento, fue debido más bien a las sugerencias de algunos nobles que le rodeaban y que conocían y podían percibir mejor el mérito del joven compositor. Dicho esto, se comprende mejor que Mozart tuviese una vida oficial monótona y lánguida. Informado de ello el Rey de Prusia, que apreciaba mejor todo el mérito y valía de aquel gran genio, lo solicitó para su Corte, ofreciéndole de la manera más atenta y satisfactoria una colocación retribuida con unas mil pesetas mensuales. Pero como el pecho de Mozart latía al compás del amor inmenso por la música y su amada patria, respondió al monarca prusiano con un agradecimiento y una declinación a la honrosa distinción.

Bien se sabe que Mozart fue masón y en sus obras se encierra la simbología de la hermandad. Fue en esa sociedad donde cultivó su amistad con Schikaneder, quien le facilitaría el libreto de “La Flauta Encantada”. Pero además en su música permanece el sentido fiel de la fraternidad, de la unidad y de la amistad humana. Qué gran lección nos otorga el genio de Salzburgo.

La vida del músico fue poco a poco desgastándose y privándole cada vez más. Preso ya de sus males, ante la visita de su cuñada Sofía Beber, exclamaba en su lecho mortuorio: “conozco perfectamente que todo ha terminado para mí, siento ya el gusto de la muerte en la lengua”. Viendo a su discípulo Sussmayer y reflejando en su mirada su genialidad, llegó la media noche y en el momento en que se extinguían las sonoras vibraciones de la última campanada, y comenzaba el Requiem (K. 626), moría en Viena el 5 de diciembre de 1791 a la 1:00 de la madrugada. El diagnóstico que los biógrafos han podido dar por más verosímil, es el de las fiebres reumáticas. El maestro, siguiendo la costumbre de la época, fue enterrado en una fosa común.

El músico inmortal

En Mozart subsiste el espíritu de un hombre en la búsqueda fiel de su intención. ¿Qué interés tiene el genio en la perpetuidad de su obra? ¿Qué aliento motiva a la conservación de su música? Hombre fiel a su espíritu, apresado por su singular genio, que al final lo liberaría, llamándole susurrante entre sus sombras infantiles y guiándolo por una senda que al avanzar le alejaba del individuo y lo acercaba al género.

En Mozart crece el aliento de la unidad y de la concordia, de la armonía y de la gracia plena del ser. Fue una mente sublime llena de esperanza y, sobre todo, fortalecida por el anhelo de trabajar para el del hombre, no sólo para sí mismo. Son pocos, muy pocos los que alcanzan esa distinción.